(VIDEO) Cuando el origen rechaza: la herida invisible de la adopción.

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En días recientes, una historia difundida ampliamente en redes sociales y medios digitales ha generado una profunda conmoción en la opinión pública. Se trata del caso de una joven que, tras haber sido dada en adopción desde temprana edad, logró identificar y localizar a su madre biológica, decidiendo acercarse a ella de manera directa en un supermercado. Lo que debía ser un reencuentro cargado de esperanza terminó convirtiéndose en un episodio de rechazo y dolor.

Según se ha informado, la joven se presentó mostrando una fotografía suya cuando era bebé y afirmando ser su hija. La reacción de la madre biológica fue inesperada y contundente: negó cualquier intención de retomar contacto, expresó que ese capítulo de su vida estaba cerrado y pidió a la joven que no insistiera en buscarla. Incluso, según versiones divulgadas, le sugirió acudir a terapia psicológica, dejando claro que no deseaba establecer ningún tipo de vínculo.

Este hecho ha abierto un intenso debate social sobre las complejas dimensiones humanas que rodean los procesos de adopción. Más allá del aspecto legal, que concluye con una sentencia o acto administrativo, la adopción deja huellas emocionales profundas tanto en los hijos como en los progenitores biológicos. El deseo de conocer los propios orígenes constituye una necesidad legítima para muchas personas adoptadas, vinculada a la identidad, la pertenencia y la comprensión de su historia personal.

Al mismo tiempo, el caso evidencia que no todas las madres o padres biológicos están emocionalmente preparados para enfrentar un reencuentro. Las circunstancias que rodean una adopción suelen estar marcadas por carencias, presiones sociales, decisiones difíciles y, en algunos casos, por traumas no resueltos. Sin acompañamiento psicológico y sin mecanismos adecuados de mediación, estos encuentros pueden resultar profundamente dañinos.

La historia invita a reflexionar sobre la ausencia de protocolos humanos y profesionales que orienten los reencuentros entre hijos adoptivos y sus familias biológicas. El rechazo, cuando ocurre, no solo reabre viejas heridas, sino que puede generar nuevas, dejando secuelas emocionales duraderas.

Casos como este recuerdan que la adopción no termina cuando se firma un documento o se entrega una custodia. Es un proceso que acompaña a las personas durante toda su vida y que requiere sensibilidad, comprensión y apoyo institucional. En el centro de estas historias no hay estadísticas ni expedientes, sino seres humanos marcados por la búsqueda de identidad, el silencio y, en ocasiones, el dolor del origen negado.



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