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Sea usted creyente o no, practicante o no de las actividades festivas propias de la Navidad, es más que evidente que las dinámicas que trae consigo diciembre en los últimos años ya no son las mismas. No se siente esa cercanía entre las personas, ni esa conexión genuina entre las familias. No se percibe la misma vibra, la misma alegría en las calles. Y, siendo honestos, vale la pena preguntarnos: ¿qué le pasó a diciembre?
Tomemos como punto de referencia el diciembre del recién concluido año 2025. Un mes que, para muchos, pasó sin pena ni gloria. Un diciembre lento, apagado, con más silencios que celebraciones. A partir de ahí, podríamos tejer muchísimas teorías sobre lo ocurrido, sobre por qué vivimos unas navidades tan distintas a las que recordamos.
En esta sociedad, especialmente quienes pertenecemos a una generación que de niños vivimos la alegría y la magia de la Navidad, parecería que somos los mismos que hoy nos mantenemos más distantes. Somos quienes muchas veces evitamos incluso una felicitación de Año Nuevo, quienes entendemos que tantas cosas nos agobian y que la vida adulta, con sus responsabilidades, frustraciones y cansancios, nos ha ido robando la disposición para celebrar. Tal vez crecimos creyendo en un diciembre que hoy no sabemos cómo sostener.
No podemos cegarnos ante la realidad económica que atraviesa el país. El crecimiento económico de la República Dominicana durante 2025 fue el más bajo de los últimos cuatro años, es decir, desde 2021 hasta la fecha. Para este año, la economía dominicana creció entre un 2.2 % y un 2.4 %, una cifra que se siente con fuerza en la cotidianidad de los hogares. Cuando el bolsillo aprieta, celebrar deja de ser prioridad y diciembre pierde espontaneidad. A esto se suma un malestar social que se ha ido acumulando.
En su momento, algunos periodistas y analistas intentaron explicar la tristeza colectiva a partir del caso SENASA, no tanto por el hecho en sí, sino por lo que reflejó: una sensación de desprotección, de inconformidad y de desgaste institucional que también pesa en el ánimo de la gente y cómo ignorar el dolor que aún embarga a muchas familias tras la tragedia ocurrida en la discoteca Jet Set. La pérdida de seres queridos dejó una herida abierta en la sociedad. No se puede exigir alegría plena cuando la ausencia sigue ocupando un lugar en tantas mesas y cuando el duelo todavía acompaña a muchos hogares.
Una desconexión que no se ve pero incluso sumando todos estos factores, la sensación persiste: algo más profundo se nos está escapando. Diciembre solía ser pausa, encuentro, conversación sin prisa. Hoy seguimos conectados, pero cada vez más distantes. Hemos cambiado el compartir por el cumplir, el abrazo por el saludo rápido, la visita por el mensaje reenviado. Las luces siguen encendidas, la música suena, pero falta intención.
Tal vez diciembre no perdió su magia por sí solo. Tal vez somos nosotros quienes, entre el cansancio, la incertidumbre y la rutina, hemos ido soltando aquello que lo hacía especial. Preguntarnos qué le pasó a diciembre es, en el fondo, preguntarnos qué nos está pasando como sociedad.
Porque diciembre no debería sentirse lejano. Diciembre debería volver a encontrarnos.
Por: Sill Batista

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